La caza del meteoro
La caza del meteoro —¡Seth..., Seth...! —gritó instintivamente, como espantada del peligro a que se exponÃa su antiguo marido.
Francis Gordon y Seth Stanford, seguidos de algunos valerosos espectadores, tuvieron que arrastrarse por el suelo, colocándose un pañuelo en la boca; tan irrespirable era el aire.
Llegaron por fin cerca de Mr. Forsyth y del doctor Hudelson; les levantaron y se los llevaron más allá del lÃmite que no era lÃcito franquear, so pena de verse abrasado.
Afortunadamente, aquellas dos vÃctimas de su imprudencia habÃan sido salvadas a tiempo. Gracias a los cuidados que no se les economizaron, volvieron a la vida, pero fue ¡ ay!, para asistir a la ruina de sus esperanzas.
El bólido continuaba resbalando lentamente... Su centro de gravedad iba aproximándose a la arista, más allá de lo cual el promontorio se hundÃa verticalmente en el mar.
Por todas partes se alzaron gritos, traduciendo la emoción de la muchedumbre, que se agitaba en todos sentidos, sin saber por qué. Algunos, entre los cuales se hallaban Mr. Seth Stanfort y Mrs. Arcadia Walter, corrieron a toda prisa al lado del mar, a fin de no perder, al menos, ningún detalle de la catástrofe.