La caza del meteoro
La caza del meteoro Hubo, sin embargo, un momento de esperanza. La esfera de oro se había inmovilizado.
Pero no fue más que un momento. De repente, dejóse oír un espantoso crujido... La roca acababa de ceder y el meteoro se hundía en el mar.
Si los ecos del litoral no repercutieron el enorme clamor de la muchedumbre, fue porque aquel clamor vióse al instante cubierto por el estampido de una explosión más violenta que los clamores de la muchedumbre, y más aún que el estampido del trueno. Al mismo tiempo, una especie de huracán barrió la superficie de la isla, y los espectadores, sin exceptuar a uno solo, fueron arrojados irresistiblemente al suelo.
El bólido acababa de hacer explosión. Penetrando el agua por los millares de poros de la superficie en los innumerables alvéolos de aquella esponja de oro, se había evaporado instantáneamente al contacto de aquel metal incandescente, y el meteoro había estallado como una caldera. Sus restos caían ahora sobre las olas en medio de ensordecedores silbidos.
Alzóse el mar por la violencia de esta explosión. Una ola prodigiosa subió al asalto del litoral y cayó con irresistible furor. Espantados los imprudentes que se habían acercado a la orilla, emprendieron la fuga, esforzándose por alcanzar la cima.