La caza del meteoro
La caza del meteoro No fue ajeno Zephyrin Xirdal al acrecentamiento de esta colosal fortuna. Monsieur Lecoeur, que sabía ahora de todo lo que era capaz, le puso ampliamente a contribución. Todas las invenciones salidas de aquel cerebro verdaderamente genial explotábalas la Banca desde el punto de vista práctico.
No tuvo por qué arrepentirse de ello; a falta del cielo, pudo ella encerrar en sus cajas una muy notable parte del oro de la Tierra que no era cosa de despreciar, aunque no fuera de tan noble y elevado origen.
No era indudablemente Monsieur Lecoeur un Shylock.
De aquella fortuna, que era su obra, habría podido Zephyrin Xirdal tomar su parte, y hasta la parte mayor, si ese hubiera sido su deseo. Pero Xirdal, cuando se le hablaba de eso, miraba de una manera tan estúpida que era preferible no insistir.
¿Dinero...? ¿Oro...? ¿Qué iba a hacer él con eso?
Percibir en épocas irregulares las pequeñas sumas suficientes para sus modestas necesidades, era una cosa que le convenía perfectamente desde todos los puntos de vista.
Hasta el fin de su vida continuó yendo a pie a ver con ese objeto a su «tío» y banquero, y jamás consintió ni en abandonar su sexto piso de la calle de Cassette, ni en separarse de la viuda Tribaut, antigua carnicera, que fue su charlatana sirvienta.