La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Monsieur Lecoeur no podía consolarse de la pérdida de tan maravilloso aparato. Xirdal, por el contrario, no hacía más que reírse de ello; puesto que había fabricado una máquina, nada le impediría fabricar otra mejor y más potente todavía.

Seguramente que habría podido hacerla; esto no era siquiera dudoso; mas, por desgracia, jamás pensó en ello; en vano le instaba su padrino para que se pusiera a ese trabajo; lo fue dejando siempre para el mañana, hasta el día en que, llegado a una edad avanzada, llevóse el secreto a la tumba.

Preciso es, por lo tanto, resignarse; esa máquina está perdida para siempre y su principio permanecerá ignorado hasta tanto que Dios haga surgir un nuevo Zephyrin Xirdal.

Este último volvía, en suma, de Groenlandia más pobre que antes; sin contar sus instrumentos y su «rico» guardarropa, dejaba allí un vasto terreno, tanto más difícil de revender, cuanto que la mayor parte de aquella propiedad se hallaba situada bajo el mar.

¡Cuántos millones había, por el contrario, cosechado su padrino en el transcurso de aquel viaje!

Esos millones se los encontró a la vuelta en la calle Druot, y ese fue el origen de la fabulosa fortuna que había de hacer de la Banca Lecoeur la igual de los más poderosos establecimientos financieros.


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