La caza del meteoro
La caza del meteoro De todos los curiosos que durante algunos días habían dado tanta animación a aquella isla de las regiones árticas, no quedaron más que Monsieur Robert Lecoeur y su medio sobrino, obligados a esperar el retorno de su barco, el Atlantic, que no llegó hasta el día siguiente.
Monsieur Lecoeur y Zephyrin Xirdal embarcaron inmediatamente; tenían bastante con aquella estancia suplementaria de veinticuatro horas en la isla de Upernivik.
Destruida, en efecto, su cabaña por la invasión del mar, consecutiva a la explosión del bólido, habían pasado la noche al aire libre, en las más deplorables condiciones.
No se había contentado el mar con arrasar su casa, sino que al propio tiempo habíales mojado hasta los huesos. No habiendo podido secarse bien por el pálido sol de aquellas regiones polares, no poseían siquiera una mala manta para resguardarse del frío durante las breves horas de oscuridad.
Todo había perecido en el desastre, hasta el más mínimo objeto del campamento, hasta la maleta y los instrumentos de Zephyrin Xirdal: destruido el fiel anteojo con el que tantas veces había observado el meteoro, y destruida también la máquina que había atraído a aquel meteoro sobre la tierra antes de precipitarlo en el fondo de las aguas.