La caza del meteoro
La caza del meteoro —¡Qué —gritó Mr. Dean Forsyth, alzándose de un salto, como empujado por un resorte—. ¡Dice usted que el doctor...!
—No decimos nada, mi buen Mr. Forsyth —apresuróse a decir Mrs. Hudelson, temerosa siempre y no sin razón, que una causa nueva de rivalidad surgiese entre su marido y el tÃo de Francis Gordon. Luego añadió para cortar en seguida el incidente—: Loo, ve a buscar a tu padre.
Ligera como un pájaro, lanzóse la niña a la escalera. No hay duda de que, si tomó por la escalera, en vez de volar por la ventana, fue porque no quiso servirse de sus alas.
Un minuto después, Mr Sydney Hudelson hacÃa su entrada en el salón. FisonomÃa grave, ojos fatigados, cara amoratada, hasta el punto de hacer temer una congestión.
Cambiaron ambos amigos un apretón de manos sin calor, sondeándose recÃprocamente con una mirada oblicua. Mirábanse a hurtadillas, como si tuviesen desconfianza uno de otro.