La caza del meteoro
La caza del meteoro —Es Mr. Forsyth —afirmó Loo—. ¡Anda...! Y la campanilla continúa sonando; ¡qué repique...! Apuesto cualquier cosa a que oye volar una cometa y no se da cuenta de que está haciendo sonar la campanilla.
Era, en efecto, Mr. Dean Forsyth. Casi en seguida penetró en el salón, en el que le acogió Loo con vivos reproches.
—¡Retrasado! ¡Retrasado! ¿Quiere usted, pues, que le regañe?
—Buenos dÃas, Mrs. Hudelson; buenos dÃas, mi querida Jenny —dijo Mr. Forsyth, abrazando a la joven—. Buenos dÃas —repitió dando unos golpecitos en las mejillas de la niña.
Todas estas cortesÃas estaban hechas con un aspecto distraÃdo. Como Loo presumiera, Mr. Dean Forsyth tenÃa, como suele decirse, la cabeza a pájaros.
—Mi querido tÃo —dijo Francis Gordon—, al ver que no llegaba usted a la hora convenida, creà que se habÃa olvidado de nuestra cita.
—Un poco, lo confieso y me excuso por ello, Mrs. Hudelson. Afortunadamente, Mitz me lo ha recordado.
—He hecho muy bien —declaró Loo.
—Preocupaciones graves... Me encuentro tal vez en vÃsperas de un descubrimiento de los más interesantes.
—Vamos, lo mismo que papá... —comenzó a decir Loo.