La caza del meteoro
La caza del meteoro —Por lo cual Mitz debe de estar contenta —observó Loo.
—Riñe —replicó Francis—, pero nada consigue. Mi tÃo, que hasta ahora temblaba ante los sermones de su vieja sirvienta, los oye ya como quien oye llover.
—Lo mismo que aquà —dijo Jenny, sonriendo— Mi hermana parece haber perdido su influencia sobre papá... ¡Y bien sabe Dios que era grande!
—¿Es posible, señorita Loo? —dijo Francis en el mismo tono.
—Nada más cierto —repuso la muchacha—; pero paciencia..., paciencia. Será menester que Mitz y yo acabemos por enderezar al padre y al tÃo.
—Pero, en resumidas cuentas —repuso Jenny—, ¿qué les sucederá a uno y a otro?
—Sin duda es algún planeta de valor que se les habrá extraviado. ¡Dios mÃo, con tal que lo hayan encontrado antes de la boda!
—Estamos bromeando —interrumpió Mrs. Hudelson—, y, entretanto, Mr. Forsyth no llega.
—¡Y van a dar las cuatro y media! —añadió su hija Jenny.
—Si dentro de cinco minutos no está aquà mi tÃo —decidió Francis Gordon— iré a buscarlo.
En aquel instante dejóse oÃr la campanilla de la puerta de entrada.