La caza del meteoro
La caza del meteoro Y esta respuesta fue acompañada de tal carcajada, que Mr. Hudelson debió oÃrla seguramente desde las alturas de su torrecilla.
La aguja del reloj franqueaba, empero los minutos de la esfera, y Mr. Dean Forsyth no aparecÃa. En vano se asomaba Loo a la ventana, desde donde descubrÃa la puerta de entrada. ¡No se veÃa a Mr Forsyth...! Preciso fue armarse de paciencia; un arma ésta cuyo manejo apenas conocÃa Loo.
—Mi tÃo, sin embargo, me prometió... —repetÃa Francis Gordon—; pero desde hace unos dÃas no sé lo que tiene.
—¿No estará enfermo, Mr. Forsyth? —preguntó Jenny.
—No; distraÃdo... Pensativo... No se le pueden sacar dos palabras. No sé lo que puede tener metido en la cabeza.
—¡Alguna astilla o un casco de estrella! —exclamó la muchacha.
—Lo mismo le sucede a mi marido —dijo Mrs. Hudelson—. Esta semana me ha parecido más absorto que nunca; imposible arrancarle de su observatorio; fuerza es que algo extraordinario pase en el Cielo.
—¡A fe mÃa! —respondió Francis—. Me siento inclinado a creerlo al ver como se conduce mi tÃo; ni sale, ni duerme, y apenas come; se olvida de las horas de comer...