La caza del meteoro

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—Es que su presencia es indispensable para resolver la cuestión —hizo observar Mrs. Hudelson.

—Lo sabe y no faltará a la cita.

—Si faltase —declaró Loo, que extendió una manita amenazadora—, tendría que vérselas conmigo, y no se lo perdonaría.

—¿Y Mr. Hudelson? —preguntó Francis—. No necesitamos de él menos que de mi tío.

—Mi padre está en la torrecilla —dijo Jenny—. Bajará tan pronto como se le avise.

—Yo me encargo de ello —repuso Loo—; pronto habré escalado sus seis pisos.

Importaba, en efecto, que Mr. Forsyth y Mr. Hudelson estuviesen allí. ¿No se trataba acaso de fijar la fecha de la ceremonia? En principio el matrimonio debía celebrarse en el más breve plazo, pero a condición, no obstante, de que la señorita de honor tuviese tiempo de hacerse confeccionar un lindo vestido, «un vestido largo de señorita, sépalo usted», que contaba ella estrenar en aquel día memorable.

De aquí la siguiente observación que bromeando se permitió hacer Francis:

—¿Y si no está dispuesto ese famoso vestido?

—¡En ese caso se diferiría la boda! —decretó la imperiosa personita.


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