La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Francis Gordon contentóse con amenazar con el dedo a la muchacha, y, una vez sentado, entablóse la conversación, llena de sencilla y natural cordialidad; parecía que no habían dejado de verse, y en realidad, con el pensamiento al menos, ambos prometidos jamás se separaban uno de otro. Miss Loo llegaba hasta pretender que «el eterno Francis» estaba siempre en la casa, que si fingía él salir por la puerta de la calle, era para penetrar en seguida por la del jardín.

Hablóse aquel día de lo mismo de que se hablaba todos los días. Jenny escuchaba lo que le decía Francis con una seriedad que no le quitaba ninguno de sus encantos. Se miraban, formaban proyectos para el porvenir, proyectos cuya realización no debía estar lejana; ¿por qué, en efecto, podía preverse un retraso? Francis Gordon había encontrado ya en Lambeth Street una linda casita que convendría perfectamente al joven matrimonio. Era en el barrio del Oeste, con vistas al Potomac y no lejos de Moriss Street. Mrs. Hudelson prometió ir a visitar esta casa, y por poco que agradase a su futura inquilina, se alquilaría en seguida. Loo, por supuesto, había de acompañar a su madre y a su hermana; en modo alguno habría tolerado que se pasasen sin su opinión.

—A propósito —exclamó de pronto—. ¿Y Mr. Forsyth? ¿Es que no ha de venir hoy?

—Mi tío —respondió Francis Gordon —llegará hacia las cuatro.


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