La caza del meteoro
La caza del meteoro —Cuando uno casa a su primera hija —decÃa ella—, es un asunto serio. No se tiene costumbre. Para la segunda hija ya es más sencillo; se ha adquirido ya el hábito y no hay que temer ningún olvido. AsÃ, para mÃ, las cosas marcharán solas.
—¡Caramba! —respondÃa Francis Gordon—. ¿La señorita Loo sueña ya con el matrimonio? ¿PodrÃa saberse quién es el afortunado mortal...?
—Ocúpese usted de casar a mi hermana —replicaba la niña—. Es esa una ocupación que reclama todo su tiempo, y no se mezcle en lo que no le interesa.
Como habÃa prometido, Mrs. Hudelson se trasladó a la casa de Lambeth Street. En cuanto al doctor, habÃa sido una locura contar con él.
—Lo que vosotros hagáis estará bien hecho— habÃa respondido a la invitación que se le hiciera para ir a visitar a la futura residencia del joven matrimonio—. Por lo demás, eso es asunto de Francis y Jenny.
—Vamos a ver, papá, ¿es que no piensa usted bajar de su torrecilla el dÃa de la boda? —dijo Loo.
—SÃ, Loo, sÃ.
—¿Y aparecer en San Andrés con su hija del brazo?
—Sà Loo, sÃ.
—¿Con su frac negro y su chaleco blanco, su pantalón negro y su corbata blanca?
—Sà Loo, sÃ.