La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Desde que llegó esta respuesta, la torre de Elisabeth Street y la torrecilla de Moriss Street, habrían podido dispensarse de proseguir sus fatigosas investigaciones. Los observatorios poseían instrumentos más potentes y también más precisos, y si el meteoro no era una masa errante, si seguía una órbita cerrada, si volvía, en fin, a encontrarse en las condiciones en que ya había sido observado, los anteojos y los telescopios de Pittsburg y de Cincinnati sabrían descubrirle a su paso. Mr. Dean Forsyth y Mr. Sydney Hudelson habrían, pues, obrado sabiamente remitiéndose a los sabios de esos dos renombrados establecimientos.

Pero Mr. Dean Forsyth y Mr. Sydney Hudelson eran astrónomos y no prudente sabios. Por eso se empeñaron en proseguir su obra; hasta pusieron mayor ardor en esa prosecución. Sin que nada se hubiesen dicho de sus mutuas preocupaciones, tenían el presentimiento de que ambos andaban a la caza de la misma pieza, y el temor de verse adelantados no les dejaba un minuto de reposo. Los celos les roían en el corazón, y las relaciones de ambas familias se resentían de este estado de espíritu.

Verdaderamente, había motivos para estar inquietos; tomando mayor cuerpo cada día sus sospechas, Mr. Dean Forsyth y el doctor Hudelson, tan íntimos en otro tiempo, no ponían los pies uno en la casa del otro.


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