La caza del meteoro
La caza del meteoro —Pasará —respondÃa «Omicron», con imperturbable aplomo—; y hasta dirÃa yo: pasa.
—Entonces, ¿por qué no le vemos?
—Porque no es visible.
—¡Qué fastidio! —suspiraba Dean Forsyth—. Pero, al fin, si es invisible para nosotros, debe serlo para todo el mundo, para las gentes de Whaston cuando menos.
—Por cierto —afirmaba «Omicron».
De esta manera razonaban el amo y el sirviente; y las frases que éstos cambiaban entre sà pronunciábanse en forma de monólogo en casa del doctor Hudelson, no menos desesperado por su poco éxito.
Uno y otro habÃan recibido de los observatorios de Pittsburg y de Cincinnati respuesta a su carta. HabÃase tomado nota de la comunicación relativa a la aparición de un bólido el 16 de marzo en la parte septentrional del horizonte de Whaston. AñadÃase que hasta entonces habÃa sido imposible encontrar ese bólido, pero que si era visto de nuevo, se avisarÃa en seguida a Mr. Forsyth y al doctor Hudelson.
Los observatorios, por supuesto, habÃan respondido separadamente, sin saber que cada uno de los dos astrónomos amateurs se atribuÃan el honor de descubrimiento y reivindicaban su prioridad.