La caza del meteoro
La caza del meteoro —No. Jamás hubiera yo creÃdo a Hudelson capaz de semejante conducta conmigo. —Tal sin duda habrÃa sido la única respuesta que acerca del doctor hubiera consentido en formular el tÃo de Francis.
La prueba estaba en la manera que habÃa tenido Mr. Dean Forsyth de recibir a Mitz, que se habÃa arriesgado a interrogarle.
—Métase usted en lo que le importa —habÃale dicho.
Desde el momento en que Mr. Dean Forsyth se atrevÃa a hablar de ese modo a la temible Mitz, es que la situación era, efectivamente, grave.
En cuanto a Mitz, habÃa quedado estomagada, para servirnos de su propia imagen; y aseguraba que para no contestar a semejante insolencia, habÃa tenido que morderse la lengua hasta el hueso. En lo que toca a su amo, su opinión era clara y terminante y no hacÃa de ella ningún misterio. Para ella, Mr. Dean Forsyth estaba loco; y lo explicaba de la manera más sencilla y natural del mundo, por las posiciones incómodas que se veÃa obligado a adoptar para mirar en sus instrumentos, especialmente, cuando ciertas' observaciones tomadas del cénit le obligaban a volver la cabeza. SuponÃa Mitz que en esta postura, Mr. Forsyth se habÃa roto alguna cosa en la columna cerebral.