La caza del meteoro
La caza del meteoro No hay, sin embargo, secreto tan bien oculto que no llegue a transpirar; súpose al fin de lo que se trataba, por una indiscreción de «Omicron»; su amo habÃa descubierto un bólido extraordinario y temÃa que el doctor Hudelson hubiese hecho el mismo descubrimiento.
He ahÃ, pues, cuál era la causa de aquella ridÃcula contienda. ¡Un meteoro, una piedra grande, al fin y al cabo, un simple guijarro, contra el que corrÃa el riesgo de estrellarse el carro nupcial de Francis y de Jenny!
Loo no se recataba para enviar «al diablo los meteoros, y con ellos toda la mecánica celeste».
El tiempo, con todo, iba deslizándose. DÃa por dÃa el mes de marzo fue cediendo su puesto al de abril, y pronto se llegarÃa a la fecha señalada para la boda. Pero ¿no sobrevendrÃa alguna cosa antes? Hasta ahora aquella deplorada rivalidad sólo reposada sobre suposiciones, sobre hipótesis. ¿Qué ocurrirÃa si algún acontecimiento imprevisto la hacÃa oficial y cierta, si un choque lanzaba a los dos rivales uno contra otro?
Estos temores, muy racionales, no habÃan interrumpido los preparativos del matrimonio; todo estarÃa dispuesto, hasta el lindo vestido de Loo.