La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Igual era la situación en la mansión de Elisabeth Street. También Francis Gordon habría, por su parte, enviado a todos los diablos a aquellos entusiastas que iban a agravar una situación ya tirante. Además, él se había abstenido de aparecer, en tanto que Mr. Forsyth y «Omicron» se inclinaban desde la torre, dando muestras de la más chocante vanidad.

Del mismo modo que Mrs. Hudelson había tenido que reprimir las impaciencias de Loo, así tuvo también que reprimir Francis Gordon las cóleras de la temible Mitz. Nada menos quería ésta que barrer a la muchedumbre, y en sus labios no era esto una amenaza de la que podía uno reírse. No había duda de que el instrumento que a diario manejaba ella con tanta habilidad era terrible en sus manos. ¡Con todo, recibir a escobazos a gentes que vienen a aclamarle a uno es quizás un poco fuerte!

—¡Ah, señor! —gritaba la anciana sirvienta—. ¿Es que están locos esos alborotadores?

—Casi me siento inclinado a creerlo —respondió Francis Gordon.

—¡Y todo ello a propósito de una especie de piedra grande que se pasea por el cielo!

—Así es, Mitz.

—¡Un met dehors!

—Un meteoro, Mitz —corrigió Francis, reprimiendo a duras penas la risa.


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