La caza del meteoro

La caza del meteoro

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Los sentimientos que la señora Hudelson y Jenny experimentaron mientras la muchedumbre se manifestaba ante su casa, es bien fácil imaginarlo. Si el doctor se había encaramado sobre la terraza de la torrecilla, ellas se habían guardado mucho de asomarse al balcón. Ambas, con el corazón oprimido, habían mirado desde detrás de las cortinas aquella manifestación que nada bueno presagiaba. Si los señores Forsyth y Hudelson, empujados por un absurdo sentimiento de celos, se disputaban el meteoro, ¿no tomaría parte el público y se declararía a favor del uno o del otro? Cada uno de ellos tendría sus partidarios, y en medio de la efervescencia que reinaría entonces en la ciudad, ¿cuál sería la situación de los futuros esposos, en una querella científica, que transformaría ambas familias en nuevos Capuletos y Montescos?

Por lo que hace a Loo, estaba furiosa; quería abrir la ventana, apostrofar a aquel populacho y manifestaba el pesar de no tener una manga a su disposición para rociar a la muchedumbre y ahogar sus hurras en torrentes de agua helada. Su madre y su hermana tuvieron que esforzarse por moderar la cólera de la fogosa niña.




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