La caza del meteoro
La caza del meteoro Un observador habría, empero, notado que su actitud no expresaba una alegría sin mezcla de encontrados sentimientos. Una sombra pasaba sobre su triunfo como una nube sobre el Sol. La mirada oblicua del primero dirigíase hacia la torrecilla, y hacia la torre la mirada oblicua del segundo. Cada uno de ellos veía al otro respondiendo a los aplausos del pueblo whastoniano, y hallaba los aplausos que se le dirigían menos armónicos que discordantes los que resonaban en honor de su rival.
En realidad, esos aplausos eran iguales; la multitud no hacía diferencia entre ambos astrónomos. Dean Forsyth no fue menos aclamado que el doctor Hudelson, y recíprocamente, por los mismos ciudadanos que fueron sucediéndose ante las dos casas.
Durante estas ovaciones, que ponían a los dos barrios en conmoción, ¿qué se decían Francis Gordon y la sirvienta Mitz, de una parte, y Mrs. Hudelson, Jenny y Loo, de la otra? ¿Temían que la nota enviada a los periódicos por el observatorio de Boston tuviese lamentables consecuencias? Lo que hasta entonces había permanecido oculto estaba ahora descubierto; Mr. Forsyth y Mr. Hudelson conocían oficialmente su rivalidad. ¿No era de presumir que uno y otro reivindicarían, si no el beneficio, el honor al menos de su descubrimiento, y que de ello resultaría tal vez un deplorable disgusto para ambas familias?