La caza del meteoro
La caza del meteoro Entre aquella población americana, en la que con tanta facilidad y tanto furor nacen corrientes de opinión, no tardó en hacerse sentir el efecto de esos artÃculos ditirámbicos. No se sorprenderá, por consiguiente, el lector —y, por otra parte, si se sorprendiera, tendrÃa a bien creernos bajo la fe de nuestra palabra— si le afirmamos que desde ese dÃa la población se dirigió bulliciosa y apasionada hacia las casas de Moriss Street y de Elisabeth Street. Nadie se hallaba al corriente de la rivalidad que existÃa entre los señores Forsyth y Hudelson. El entusiasmo público les unÃa en aquella circunstancia; para todos sus dos nombres eran y continuarÃan siendo inseparables hasta la consumación de los siglos, hasta tal punto, que dentro de millares de años los futuros historiadores afirmarÃan tal vez que ambos nombres habÃan sido llevados por un solo hombre.
En espera de que el tiempo permitiese comprobar lo bien fundado de semejantes hipótesis, Mr. Dean Forsyth debió aparecer sobre la terraza de la torre, y Mr. Sydney Hudelson sobre la terraza de la torrecilla. Mientras que los hurras subÃan hasta ellos, ambos se inclinaron, saludando agradecidos.