La caza del meteoro
La caza del meteoro Pero, en resumidas cuentas, ¿tan glorioso era, pues, haber visto un meteoro? ¿No era debido única y exclusivamente al azar? Si el bólido no hubiese atravesado con tanta complacencia por el campo de los instrumentos de los señores Dean Forsyth y Sydney Hudelson, precisamente en el momento en que éstos tenían la vista en el ocular, ¿habría sido visto por esos dos astrónomos, que verdaderamente presumían demasiado de ello?
Por otra parte, ¿es que esos bólidos, esos asteroides, esas estrellas errantes, no cruzan día y noche, por centenares, por millares? ¿Es siquiera posible el contar esos globos de fuego que trazan sus caprichosas trayectorias sobre el fondo oscuro del firmamento? Seiscientos millones, tal es, según los sabios, el número de los meteoros que atraviesan la atmósfera terrestre en una sola noche, o sea mil doscientos millones cada veinticuatro horas. Por millares de millones cruzan, pues, esos cuerpos luminosos, de los cuales, al decir de Newton, diez o quince millones son visibles a simple vista.
Entonces (hacía observar el Punch, el único periódico en Whaston que tomó la cosa en broma), él encontrar un bólido en el cielo es un poco menos difícil que encontrar un grano de trigo en un campo de él, y puede muy bien decirse que abusan un poco nuestros dos astrónomos a propósito de un descubrimiento que nada tiene de tal.