La caza del meteoro
La caza del meteoro ¿No cita Diógenes de Apolonia una piedra incandescente, grande como una rueda de molino, cuya caída, cerca de Egos Potamos, espantó a los habitantes de la Tracia? Si un bólido semejante cayera sobre el campanario de San Andrés, le destrozaría hasta su base. Permítasenos citar a este propósito algunas de esas piedras que, venidas de las profundidades del espacio y habiendo entrado en el círculo de atracción de la Tierra, fueron recogidas en él suelo: antes de la era cristiana, la piedra de rayo que se adoraba como símbolo de Cibeles en Glacial, y que fue transportada a Roma, lo mismo que otra encontrada en Siria y consagrada al culto del Sol: la piedra negra que se guarda cuidadosamente en la Meca. Desde los comienzos de la era cristiana, ¡cuántos aerolitos descritos con las circunstancias que acompañaron su caída! Una piedra de doscientas sesenta libras cayó en Alsacia; una piedra de un color negro metálico, con la forma y él tamaño de una cabeza humana, cayó sobre el monte Vaison en Provenza; una piedra de sesenta y dos libras, que desprendía un olor sulfuroso, y que se dijo estaba formada de espuma de mar, cayó en Larini, Macedonia. ¿Debería citarse igualmente aquel bólido que en 1203 cayó sobre la ciudad normanda de Laigle, y del que habla Humboldt en los siguientes términos: «A la una de la tarde vióse un gran bólido moviéndose del Sudeste al Noroeste. Minutos después oyóse durante cinco o seis minutos una explosión que partía de una nubécula negra casi inmóvil, explosión que fue seguida de otras tres o cuatro detonaciones. Cada detonación separaba de la nube una porción de vapores. Más de mil piedras meteóricas cayeron en un espacio bastante grande; esas piedras humeaban y estaban muy calientes, sin llegar a estar inflamadas, y se observó que eran más fáciles de romper al principio que más adelante»?