La estrella del sur

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—Sí —afirmó Li levantando los párpados.

Hubiérase dicho que eran dos ojales oblicuos abiertos a los lados de su roma nariz.

Cyprien creyó sorprender en esta mirada un poco de ironía que a veces había creído notar durante el viaje del Cabo a Kimberley.

—Vuestras razones son absurdas —declaró severamente—. ¡Nadie se suicida por tener demasiado calor! Habladme seriamente. Apuesto a que hay de por medio alguna mala pasada de Pantalacci.

El chino bajó la cabeza.

—¡Quería cortarme la trenza! —confesó bajando la voz—. ¡Y tengo la seguridad de que lo hubiera hecho antes de uno o dos días!

En el mismo instante Li apercibió la famosa trenza en las manos de Cyprien, y se convenció que la desgracia que temía sobre todas las demás, estaba consumada.

—¡Oh, señor! ¡Cómo!… ¡Vos me la habéis cortado! —exclamó con acento desgarrador.

—Preciso era para descolgaras, amigo mío —exclamó Cyprien—. Pero ¡qué diablo!, no valdréis por eso un sueldo menos en este país. ¡Tranquilizaos!…

El chino parecía tan desolado por aquella amputación, que Cyprien, temiendo verle buscar otro procedimiento de suicidio, se decidió volver a su casa llevándoselo consigo.


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