La estrella del sur

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Li le siguió dócilmente, se sentó a la mesa junto a su salvador, se dejó sermonear, prometió no renovar su tentativa y bajo la influencia de una taza de té hirviendo, le dio algunas vagas noticias sobre su propia vida.

Li, nacido en Cantón, había sido educado para el comercio en una casa inglesa. Luego pasó a Ceilán, de allí a Australia, y finalmente a África.

En ninguna parte había tenido suerte. El lavado de ropas no le producía en el distrito minero más que otros veinte oficios que había probado. Pero su peor enemigo era Annibal Pantalacci. Este ser le hacía miserable. Sin él tal vez se hubiera acomodado a la precaria existencia del Griqualandia.

En concreto podía decirse que había querido concluir con su vida por escapar a sus persecuciones.

Cyprien alentó al pobre muchacho, le prometió protegerle contra el napolitano, le dio a lavar la ropa que pudo hallar y le despidió, no solamente consolado, sino curado para toda la vida de su superstición acerca de su apéndice capilar.

¿Qué medios empleó el joven ingeniero para conseguirlo?

Había afirmado gravemente a Li que la cuerda de un ahorcado hace dichoso a quien la posee y que su triste suerte iba a tener fin, ahora que guardaba la trenza en su bolsillo.


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