La estrella del sur
La estrella del sur «¿No vas a venir a dar una vuelta conmigo por el Limpopo? Estaré por allí a últimos del próximo mes, y me propongo bajar hasta la bahía de Delagoa, para volver por mar a Durbán, donde me he comprometido a conducir mis basutos… Abandona, pues, tu horrible Griqualandia por unas cuantas semanas, y ven a reunirte conmigo…»
Cyprien releía esta carta, cuando una detonación formidable, seguida de un gran rumor en todo el campo, le hizo ponerse en pie a toda prisa y precipitarse fuera de la tienda.
La muchedumbre de mineros, en gran desorden y emoción, corda hacia la mina.
—¡Un hundimiento! —vociferaban de todas partes.
La noche había sido, en efecto, muy fresca, casi glacial, mientras que el día anterior podía contarse entre los más cálidos que se habían sufrido desde hace mucho tiempo; ordinariamente, después de estos cambios tan bruscos de temperatura, las retracciones consiguientes en medio de estas tierras dejadas al descubierto, era lo que producía este género de cataclismo.
El ingeniero se apresuró, a dirigirse hacia el kopje.
Le bastó una sola ojeada al llegar para comprender lo ocurrido.