La estrella del sur
La estrella del sur Un enorme banco de tierra, alto por lo menos de setenta metros y de doscientos de largo, se habÃa hundido verticalmente, formando una grieta que parecÃa la brecha de una muralla desmantelada. Muchos miles de quintales de grava se habÃan desprendido, rodando hasta los claims, llenándolos de arena, escombros y guijarros.
Todo cuanto se hallaba en aquel momento sobre la cresta, hombres, bueyes, carretas, habÃan bajado al abismo de un solo salto, y yacÃan en el fondo.

Por fortuna, el mayor número de trabajadores no habÃa descendido a la parte inferior de la mina, sin lo cual, la mitad del campo hubiese quedado enterrada bajo los escombros.
El primer pensamiento de Cyprien Méré fue para su asociado Thomas Steel; pero tuvo pronto el placer de verlo entre los hombres que procuraban darse cuenta del desastre, a la orilla de la cortadura. Inmediatamente corrió hacia él.
—¡De buena hemos escapado! —aseguró el de Lancashire, apretándole la mano.
—¿Y Matakit? —demandó entonces Cyprien.
—¡El pobre muchacho está allà debajo! —contestó Thomas Steel señalando los escombros que estaban amontonados sobre su propiedad común—. Acababa de bajar, y yo estaba aguardando que llenase su primer cubo para izarle, cuando se produjo el hundimiento.