La estrella del sur
La estrella del sur —¡Pero no podemos permanecer asÃ, sin hacer nada para intentar salvarle! —protestó Cyprien—. Quizá viva aún.
—¡Que viva debajo de quince o veinte toneladas de tierra, es poco probable! —exclamé—. Además, serÃa preciso un trabajo de diez hombres durante dos o tres dÃas para vaciar la mina.
—¡No importa! —determinó resueltamente el ingeniero—. No se dirá que hemos dejado una criatura humana sepultada en esa tumba sin haber intentado sacarle de ella.
Después, dirigiéndose a uno de los cafres por medio de Bardik, que se encontraba allà anunció que ofrecÃa una paga de cinco chelines diarios a todos los que quisieran trabajar a sus órdenes para desescombrar su claim.
Unos treinta negros se ofrecieron, en el acto, y sin perder un instante se pusieron a la obra.
No faltaban picos, palas ni azadones. Los cubos y los cables estaban dispuestos, los carretones también.
Un gran número de mineros blancos, viendo que se trataba de desenterrar a un pobre diablo sepultado bajo el hundimiento, ofrecieron benévolamente su concurso. Thomas Steel, electrizado por el ardor de Cyprien, no se mostraba menos activo para dirigir esta operación de salvamento.