La estrella del sur

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Cyprien marchó a las profundidades de la mina a hacer por sí mismo provisión de tierras de una calidad que creía particularmente favorable a su experimento. Luego preparó con esta tierra un mortero espeso, con el que cubrió cuidadosamente el interior de un tubo de acero de medio metro de largo, cinco centímetros de espesor y ocho centímetros de calibre.

Este tubo era simplemente un segmento de cañón fuera de servicio, que había podido comprar en Kimberley a una compañía de voluntarios que acababa de licenciarse después de una campaña contra las vecinas tribus de catres.

Dicho cañón, debidamente aserrado en el taller del viejo Jacobus Vandergaart, había proporcionado precisamente el aparato que necesitaba, esto es, un recipiente de una resistencia suficiente para resistir una enorme presión en su interior.

Después de haber colocado en este tubo, previamente cerrado por una de sus dos extremidades, fragmentos de cobre, y próximamente dos litros de agua, Cyprien lo llenó de gas de las lagunas; después lo embetunó con cuidado y aseguró sus dos extremos con obturadores metálicos de una solidez a toda prueba. El aparato estaba construido. Sólo restaba someterle a un calor intenso.

Se le colocó en un gran horno de reverbero, cuyo fuego debía ser continuo, noche y día, a una temperatura de rojo blanco, que debía durar dos semanas.


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