La estrella del sur

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Ambos hablaban suficientemente el francés; los dos habían sido salvados por Cyprien de una muerte inminente, y le guardaban un vivo reconocimiento. Era, pues, natural que se sintieran atraídos el uno hacia el otro por una simpatía sincera, y esta simpatía se había cambiado pronto en afección. Li y Matakit, estando solos, le daban al joven ingeniero un nombre cariñoso y sencillo, que expresaba perfectamente la naturaleza del sentimiento que les animaba. Le llamaban padrecito, y cuando hablaban de él, lo hacían en términos que revelaban la admiración y el rendimiento más exaltado.

Esta consideración se manifestaba, de parte de ti, por la atención escrupulosa que ponía en lavar y repasar la ropa del ingeniero; por parte de Matakit, en el religioso cuidado que tenía en ejecutar con puntualidad todas las instrucciones de su amo.

Pero a veces, los dos camaradas se dejaban ir un poco más lejos en su ardor por satisfacer al «padrecito». Sucedía, por ejemplo, que Cyprien encontraba sobre su mesa frutos o golosinas que no había encargado y cuyo origen quedaba sin explicación, porque no se les veía figurar en la cuenta de los proveedores. O bien eran camisas que al volver del lavado ostentaban botones de oro de procedencia desconocida. Otras veces, de tiempo en tiempo, un asiento elegante y cómodo, un cojín bordado, una piel de pantera, un juguete de precio, venían misteriosamente a aumentar el moblaje de la casa.


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