La estrella del sur

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Y cuando el joven interrogaba con este motivo a Li o a Matakit, no podía sacar de ellos más que respuestas evasivas.

—Yo no sé… No soy yo… Nada tengo que ver en eso…

Cyprien hubiera fácilmente tomado su partido respecto a estos agasajos; pero lo que les hacía molestos era el pensar que la procedencia no era muy honrada. Estos presentes, ¿habían costado sólo la pena de tomarlos? Sin embargo, nada venía a confirmar estas suposiciones, y las pesquisas más minuciosas hechas con este motivo, no producían el menor resultado.

Y por detrás de él Matakit y Li intercambiaban fugitivas sonrisas, miradas socarronas y signos cabalísticos que significaban evidentemente:

—¡Eh! El padrecito busca, busca…

Otros cuidados, infinitamente más graves, ocupaban además el espíritu de Cyprien, John Watkins parecía decidido a casar a Alice, y con esta intención, desde hacía algún tiempo, había transformado su casa en un verdadero museo de pretendientes. No sólo James Hilton estaba permanentemente todas las noches, sino todos los mineros solteros a quienes el éxito de su explotación parecía dotar en opinión del granjero, de las condiciones o cualidades indispensables al yerno que había soñado, eran atraídos a su casa, invitados a comer y, finalmente, ofrecidos a la elección de su hija.


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