La estrella del sur

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El alemán Friedel y el napolitano Pantalacci también formaban parte.

Ambos se contaban entre los mineros más felices del campo de Vandergaart. La consideración que en todas partes se concede al éxito, no les faltaba ni en el kopje ni en la granja. Friedel era más pedante e insoportable desde que su dogmatismo se atrincheraba tras algunos millares de libras esterlinas. En cuanto a Annibal Pantalacci, transformado en dandy colonial, resplandeciente de cadenas de oro, de sortijas y alfileres de diamantes, llevaba trajes de tela blanca que hacían aparecer su rostro más amarillo y más terroso. Pero a pesar de sus bufonadas, sus canzonetas napolitanas y sus pretensiones de gracioso, este ridículo personaje procuraba en vano divertir a Alice, que le mostraba un desdén particular en cuanto conoció el motivo que le traía a la granja. Se contentaba con no escucharle, y no se reía jamás ni de sus chistes ni de sus actitudes.

Aunque ignorante de su fealdad moral para suponer el triste fondo que se ocultaba bajo tan brillante ramaje, ella no veía en él más que un transeúnte cualquiera, no menos enojoso que la mayor parte de los demás. Esto era evidente a los ojos del joven francés y hubiera sufrido cruelmente al ver en íntima conversación con aquel ser despreciable a la que colocaba tan alta en su respeto y su ternura.


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