La estrella del sur

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Hubiera sufrido tanto más porque su dignidad le impedía demostrar nada, encontrando demasiado humillante intentar un esfuerzo para envilecer a los ojos de miss Watkins a un rival tan despreciable.

¿Qué derecho tenía? ¿Sobre qué basar sus acusaciones? Nada sabía en concreto de Annibal Pantalacci, y si le juzgaban desfavorablemente, era sólo guiado por una repulsión instintiva. Querer presentarle bajo un aspecto trágico, era sencillamente ridículo. He aquí lo que Cyprien comprendía claramente, y se hubiera desesperado si Alice hubiese aparentado prestar alguna atención a semejante hombre.

Había vuelto a entregarse encarnizadamente a un trabajo que le absorbía día y noche. No era un proceso de fabricación de diamante, sino diez, veinte experiencias las que tenía en estudio, proponiéndose intentarlas sucesivamente, cuando su primer ensayo hubiera llegado a término. No se contentaba con datos teóricos ni con fórmulas con las que llenaba, durante horas enteras, sus cuadernos de anotaciones. A cada momento iba al kopje, recogía nuevos ejemplares de rocas y tierra, empezaba de nuevo análisis cien veces hechos, pero con un rigor y una precisión que no permitía deslizarse ningún error. Cuanto más inminente se le ofrecía el peligro de perder a miss Watkins, más decidido se hallaba a no perdonar nada por vencerle.


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