La estrella del sur

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Tal era, en efecto, y que contenía un valor inestimable. No, no era posible equivocarse sobre la naturaleza de aquel guijarro que apareció entonces a los maravillados ojos del joven ingeniero. Este guijarro era un diamante envuelto en una ganga absolutamente semejante a la de los diamantes ordinarios, pero ¡un diamante de dimensiones colosales, inverosímiles, sin precedente!

¡Imagínese! ¡Aquel diamante era más grueso que un huevo de gallina, muy semejante en su forma a una patata, y debía pesar por lo menos trescientos gramos!

—¡Un diamante, un diamante artificial! —murmuró Cyprien, estupefacto—. Así, pues, he encontrado la solución del problema de esta fabricación, a despecho del accidente ocurrido al tubo. ¡Luego soy rico!… ¡Alice, mi querida Alice, es mía!…

Después, no queriendo creer a sus ojos.

—¡Pero es imposible!… ¡Es una alucinación!… —afirmaba ganado por la duda—. ¡Ah! Pronto sabré a qué atenerme.

Y sin perder ni aun el tiempo necesario para ponerse el sombrero, desatinado, loco de alegría, como Arquímedes al salir del baño en el que estaba sumergido cuando descubrió su famoso principio, Cyprien recorrió velozmente el camino de la granja y cayó como un proyectil en casa de Jacobus Vandergaart. Encontró al viejo lapidario ocupado en examinar las piedras que acababa de entregarle el corredor Nathan.


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