La estrella del sur
La estrella del sur —¡Evidentemente! —reconoció Cyprien—. ¿Qué interés queréis que se encuentre todavÃa en escarbar la tierra para buscar pequeños diamantes casi sin valor, desde el momento que es tan fácil fabricarlos industrialmente de todas dimensiones hasta el tamaño de panes de cuatro libras?
—¡Pero es monstruoso!… —clamó John Watkins—. ¡Una infamia!… ¡Una abominación!… Si lo que decÃs es fundado, si realmente poseéis ese secreto…
Se contuvo sofocado.
—Ved —declaró frÃamente Cyprien— que no os hablo tontamente, puesto que os he traÃdo mi primer producto… ¡Y pienso que es de bastante talla para convenceros!
—Entonces —manifestó por último mister Watkins, que habÃa acabado de tomar aliento—; si esto es verdad, deberÃan fusilaros al momento, monsieur Méré… ¡He aquà mi opinión!
—¡Y es la mÃa también! —creyó deber exclamar Annibal Pantalacci con un gesto de amenaza.
Miss Watkins se habÃa levantado sumamente pálida.
—¿Fusilarme porque he resuelto un problema de fÃsica planteado luego de cincuenta años? —exclamó el joven ingeniero encogiéndose de hombros—. ¡La verdad es que esto serÃa un poco fuerte!