La estrella del sur
La estrella del sur —¿DecÃs que lo habéis fabricado vos?… ¿Vos mismo?… —repitió John Watkins—. ¿Luego es una piedra falsa?
—¿Una piedra falsa? —exclamó Cyprien—. SÃ. ¡Una piedra falsa! Pero Jacobus Vandergaart y Nathan la valúan en cincuenta millones por lo menos, y puede valer los ciento. Si éste no es más que un diamante artificial, obtenido por un procedimiento de que soy inventor, no por eso es menos auténtico… ¡Mirad, nada le falta… ni su ganga!
—¿Y os encargarÃais de hacer otros diamantes semejantes? —le preguntó John Watkins, insistiendo.
—¿Si me encargo? Desde luego, mister Watkins. ¡Os daré diamantes a paletadas!… ¡Os los haré diez veces, cien veces más grande que éste, si lo deseáis!… ¡Os haré un número tan grande para empedrar vuestra terraza, para macadamizar los caminos del Griqualandia, si lo queréis!… El primer paso es el que cuesta, y la primera piedra, una vez obtenida, el resto no es más que un detalle, un simple asunto de disposiciones técnicas que arreglar.
—¡Pues si es asà —gritó el granjero que se habÃa vuelto lÃvido—, esto será la ruina para los propietarios de minas, para mÃ, para todo el paÃs de Griqualandia!