La estrella del sur

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Al igual que Nathan y Jacobus Vandergaart, éstos comprendieron en seguida de lo que se trataba. Mister Watkins, que no había atacado más que muy moderadamente su ración cotidiana de ginebra estaba en un estado suficientemente lúcido.

—¿Habéis encontrado esto… vos… en vuestro claim? —exclamó vivamente.

—¿Encontrado esto? —contestó Cyprien triunfante—. ¡Bah!… He hecho una cosa mejor… Lo he fabricado yo mismo en todas sus partes… ¡Ah, mister Watkins! La química tiene algo de bueno, después de todo.

Y se reía y apretaba entre sus manos los finos dedos de Alice, que estaba sorprendida por estas demostraciones apasionadas, aunque sonreía dulcemente, encantada por la inenarrable felicidad de su amigo.

—Sin embargo, es a vos a quien debe Cyprien este descubrimiento, miss Alice —aseguró Cyprien—. ¿Quién me ha aconsejado volverme a ocupar de la química? ¿Quién ha exigido que busque la fabricación del diamante artificial, sino vuestra hermosa, vuestra adorable hija, mister Watkins?… ¡Oh! Yo puedo rendirle homenaje, como los antiguos paladines a su dama, y proclamar que en ella se refleja todo el mérito de la invención… ¡Jamás hubiera pensado en ello sin su consejo!

Mister Watkins y Annibal Pantalacci observaban el diamante; luego se miraban el uno al otro.


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