La estrella del sur
La estrella del sur —¡No, no!… —exclamó el viejo lapidario—. ¡Estoy por los diamantes incoloros! ¡Habladme del Koh-i-noor o del Regente! ¡He ahà ver del diamante de Hope, o rosa como la del Gran Mogol, o el mismo de fantasÃa!
Cyprien no escuchaba ya.
—Señores, dispensadme —dijo con precipitación—, pero me veo obligado a dejaros por el momento.
Y después de haber recogido su precioso guijarro, subió, siempre corriendo, el camino de la granja.
Sin pensar siquiera en llamar, abrió la puerta del locutorio y se encontró en presencia de Alice, y antes de haber reflexionado el arrebato de su conducta, la habÃa tomado en brazos y besado en ambas mejillas.
—¡Qué es eso!… ¡Qué es eso!… —gritó mister Watkins, escandalizado de estas demostraciones inesperadas.
Estaba sentado a la mesa enfrente de Annibal Pantalacci, dispuesto a comenzar con este bromista de mal género una partida de piqué.
—¡Miss Watkins, dispensadme! —se excusó el joven sorprendido de su propia audacia, pero radiante de alegrÃa—. ¡Soy demasiado dichoso!… ¡Estoy loco de felicidad!… ¡Mirad!… ¡He aquà lo que os traigo! …
Y echó, más bien que depositó, su diamante sobre la mesa entre los dos jugadores.