La estrella del sur
La estrella del sur —Mister Watkins —dijo—; si guardase para mà el secreto de mi descubrimiento, no serÃa más que un falsario. ¡VenderÃa a falso peso y engañarÃa al público acerca de la cualidad de la mercancÃa! ¡Los resultados obtenidos por un sabio no son jamás de su propiedad! Forman parte del patrimonio de todos. ¡Reservar para sà con un interés egoÃsta y personal la más pequeña partÃcula, serÃa hacerse culpable del acto más vil que un hombre puede llevar a cabo! ¡Yo no lo haré… no! ¡No aguardaré una semana, ni un dÃa para entregar al dominio público la fórmula que la casualidad, ayudada por un poco de reflexión, ha llevado hasta mis manos! Mi sola restricción será, como es conveniente y justo, entregar esta fórmula desde luego a mi patria, a Francia, que me ha permitido servirla. Mañana haré saber a la Academia de Ciencias el secreto de mi procedimiento. ¡Adiós, caballero; os soy deudor de haber comprendido un deber en el que ni aun recordaba! Miss Watkins, habÃa forjado un hermoso sueño… ¡Pero me es preciso renunciar a él!
Antes de que la joven hubiese podido dar un paso hacia él, Cyprien Méré habÃa recogido su diamante y salido, tras saludarla, al igual que a mister Watkins.