La estrella del sur
La estrella del sur —Contad con que será largo, que necesitaré un mes por lo menos, y que pueden ocurrirme varios accidentes en el camino.
—No importa, mister Vandergaart, si creéis que es el mejor partido que puede tomarse. ¡Y después de todo, si el diamante se extravÃa, el mal no será muy grande!
Jacobus Vandergaart miró a su joven amigo con cierto asombro. ¿Si habrá perdido la razón con este inesperado golpe de fortuna? —se preguntó.
Cyprien comprendió su pensamiento y se sonrió.
Entonces le explicó la procedencia del diamante, y cómo podrÃa en 10 sucesivo fabricar cuantos quisiera. Pero sea que el viejo lapidario no dio entero crédito a esta narración, o que tuviese un motivo personal para no querer permanecer solo en aquella casa aislada, frente a frente con una piedra que valÃa cincuenta millones, insistió en partir en el acto.
Después de haber encerrado en un viejo saco de cuero sus herramientas y sus ropas, Jacobus Vandergaart colgó en la puerta de su casa una pizarra sobre la que escribió: Ausente por negocios, metió la llave en su bolsillo, guardó el diamante en su chaleco, y partió.
El ingeniero lo acompañó durante dos o tres millas por el camino de Bloemfontein, y no le abandonó sino a fuerza de reiteradas instancias.
