La estrella del sur
La estrella del sur Después, cuando tuvo entre sus dedos bajo esta forma ligera y portátil, material y suntuosa a la vez, el valor colosal que representaba la gema, su arrobamiento se expresó en acentos tan enfáticos, que se tornaron risibles.
Mister Watkins se expresaba con voz llena de ternura, y hablaba al diamante como a un ser animado.
—¡Oh, hermosa, soberbia y espléndida piedra! —decÃa—. ¡Hete ya de vuelta!… ¡Qué brillantez!… ¡Qué pesada eres! ¡Cuántas guineas contantes podrás valer! ¿Qué van a hacer de ti, querida mÃa? ¿Enviarte al Cabo y de allà a Londres para hacerte admirar?… Pero ¿quién será lo suficientemente rico para comprarte? ¡La misma Reina no podrÃa permitirse lujo semejante!… ¡Su renta de dos o tres años se consumirÃa! ¡SerÃa necesario un voto del Parlamento, una suscripción nacional! ¡Ya la harán, ya! ¡Está tranquila! ¡Tú irás también a dormir en la Torre de Londres, al lado del Koh-i-noor, que aparecerá junto a ti como un pigmeo! ¿Cuánto podrás valer, hermosa mÃa?
Y después de haberse entregado a un cálculo mental, continuó:
—¡Catalina II ha pagado por el diamante del Zar un millón de rublos al contado y noventa y seis mil francos de renta vitalicia! Luego no serÃa exagerado pedir por éste un millón de libras esterlinas y quinientos mil francos de renta perpetua.