La estrella del sur
La estrella del sur Después, como sorprendido por una idea repentina:
—Monsieur Méré, ¿no pensáis que deberÃa ser nombrado par de Inglaterra el propietario de una piedra semejante? Todos los méritos tienen derecho a ser representados en la alta Cámara, y poseer un diamante de esta talla no es seguramente un mérito vulgar. ¡Mira, hija mÃa, mira!… ¡No hay ojos bastantes para admirar semejante alhaja!
Miss Watkins, por primera vez en su vida, miró un diamante con algún interés.
—¡Verdaderamente es bellÃsimo! ¡Brilla como un pedazo de carbón que es, pero como un carbón incandescente! —dijo tomándolo delicadamente de su lecho de algodón.
Después, por un movimiento instintivo, que toda joven hubiera tenido en su lugar, se acercó al espejo colocado encima de la chimenea y puso la maravillosa joya sobre su frente, en medio de sus rubios cabellos.
—¡Una estrella engarzada en oro! —afirmó galantemente Cyprien, dejándose ir contra su costumbre, hasta hacer un madrigal.
—¡Es verdad!… ¡DirÃase que era una estrella! —dijo Alice batiendo alegremente palmas-o ¡Pues bien, hay que conservarle ese nombre! Bauticémosla: ¡La Estrella del Sur! ¿Queréis, monsieur Méré? ¿No es negra como las bellezas indÃgenas del paÃs, y brillante como las constelaciones de nuestro cielo austral?