La estrella del sur
La estrella del sur Pero no sucedía lo mismo a John Watkins, al que estas habladurías tenían el don de exasperar. Le parecía que disminuía algún tanto el valor de la piedra, y se resentía de ellas tanto como de ultrajes personales. Después que el gobernador de la colonia, oficiales de las guarniciones vecinas, magistrados, funcionarios, todos los cuerpos constituidos, habían llegado a rendir homenaje a su joya, veía casi un sacrilegio en los libres comentarios que se permitían expresar sobre ella.
Así es que, tanto para defenderla contra estas habladurías cuanto para satisfacer su gusto de ostentación, resolvió dar un gran banquete en honor de este querido diamante, que contaba bien pronto convertir en especies acuñadas, dijese lo que dijese Cyprien, fuese el que fuese el deseo de su hija de guardarle bajo la forma de gema.
Tal es la influencia del estómago sobre las opiniones de un gran número de hombres, que el anuncio de esta comida bastó para modificar de la noche a la mañana la opinión pública en el campo de Vandergaart.
Se les vio a las gentes que se habían mostrado más hostiles por La Estrella del Sur, cambiar súbitamente de tono, decir que, después de todo, esta piedra era inocente de la mala influencia que se le atribuía, y solicitar humildemente una invitación en casa de John Watkins.