La estrella del sur
La estrella del sur El banquete tocaba a su fin. Se habÃa pasado con el más completo orden, fuese esto porque la presencia de miss Watkins habÃa impuesto un decoro suficiente a los más rudos convidados, a pesar de que Mathys Pretorius hubo, como siempre, servido de blanco a las malas chanzas de Annibal Pantalacci, que hacÃa pasar al infortunado bóer las advertencias más terribles. ¡Un fuego artificial iba a ser echado debajo de la mesa!… ¡No se esperaba más que la retirada de miss Watkins, para condenar al hombre más grueso de la reunión a beber trago a trago doce botellas de ginebra! ¡La cuestión era la de coronar la fiesta por un gran pugilato y un comba te general de tiros!…
Pero fue interrumpido por John Watkins que, en su calidad de presidente del banquete, acababa de dar sobre la mesa con el mango de su cuchillo, para anunciar los brindis tradicionales. Reinó silencio. El anfitrión, enderezando su alta talla, apoyó sus dos pulgares sobre el borde del mantel y comenzó su brindis con voz algo embarazada, por demasiado numerosas libaciones.