La estrella del sur
La estrella del sur —¡No insistáis!… ¡SerÃa inútil! —atajó el granjero—. No me convendrÃais aunque fueseis duque y par de Inglaterra. Pero no sois ni siquiera un súbdito inglés, y acabáis de declarar, con una perfecta franqueza, que carecéis de fortuna. Veamos, de buena fe, ¿creéis seriamente que he educado a Alice como lo he hecho dándole los mejores maestros de Victoria y de Bloemfontein, para enviarla al tener veinte años a morar en ParÃs, calle de la Universidad, piso tercero, con un señor del que ni aun el idioma conozco? Reflexionad, monsieur Méré, poneos en mi lugar… Suponed que vos sois el granjero John Watkins, propietario de la mina Vandergaart Kopje, y yo monsieur Méré, un joven sabio francés encargado de una misión cientÃfica en el Cabo… Imaginaos también en medio de esta habitación, sentado en este sillón, paladeando vuestro vaso de ginebra y fumando una pipa de tabaco de Hamburgo: ¿admitirÃais un momento… por uno solo siquiera, la idea de darme vuestra hija en matrimonio?
—Desde luego, mister Watkins —contestó monsieur Méré—, y sin titubear, si creyese encontrar en vos las cualidades que podÃan asegurar su felicidad.