La estrella del sur
La estrella del sur —Pues bien, no tendrÃais razón, querido mÃo, ningún a razón —aseguró el granjero; obrarÃais como un hombre que no es digno de poseer la mina de Vandergaart Kopje, o más bien no habrÃais llegado a poseerla. Porque ¿acaso creéis que me ha caÃdo de las nubes a las manos? ¿Creéis que no he tenido necesidad de inteligencia ni de actividad, primero para descubrirla y después para asegurarme de su propiedad? Pues bien, monsieur Meré, esta inteligencia, de la que he dado prueba en esta circunstancia memorable y decisiva, la aplico a todos los actos de mi vida, y especialmente a todo lo que se relacione con mi hija. Por esto os lo repito: ¡tachad eso de vuestros planes!… ¡Alice no es para vos!
Con esta triunfante conclusión, mister Watkins tomó su vaso y apuró de un trago su contenido.
El joven ingeniero no sabÃa qué responder, lo que, visto por su interlocutor, le dio nuevos brÃos para continuar charlando sin cesar.