La estrella del sur
La estrella del sur —¡Los franceses sois realmente admirables! No dudáis de nada, palabra de honor. ¡Cómo! Llegáis como si cayeseis de la luna al fondo del Griqualandia, a casa de un buen sujeto que tres meses atrás ni habÃa oÃdo hablar de vos, y que no os ha visto diez veces en estos noventa dÃas; os dirigÃs a él y le decÃs: «John Stapleton Watkins, tenéis una hija tan encantadora, perfectamente educada, universalmente reconocida como la perla del paÃs, lo que nada perjudica, vuestra única heredera para la propiedad del más rico kopje de diamantes de los dos mundos. Yo soy monsieur Cyprien Méré, de ParÃs, ingeniero; tengo cuatro mil ochocientos francos de sueldo… Vais, si gustáis, a darme esa joven por esposa a fin de que me la lleve a mi paÃs y que no volváis a oÃr hablar más de ella sino de tarde en tarde, por el correo o el telégrafo…». ¿Y encontráis todo eso natural? ¡Yo… yo lo encuentro el colmo de la locura!
Cyprien se puso en pie muy pálido. HabÃa tomado su sombrero, y se preparaba a salir.