La estrella del sur
La estrella del sur Apenas lo hubo notado, cuando se le vio hundirse sobre su sillón como si le hubiera herido un rayo.
Apresuráronse a ponerse a su alrededor, se le quitó la corbata, se le echó agua por el rostro. Volvió por fin de su anonadamiento.
—¡El diamante!… —gritó con voz de trueno—. ¡El diamante!… ¿Quién me ha cogido el diamante?
—¡Señores, de aquà nadie sale! —hizo saber el jefe de la brigada de policÃa, haciendo ocupar las salidas de la sala.
Todos los convidados se miraban con estupor, o se cambiaban sus impresiones en voz baja. No habÃa cinco minutos que la mayorÃa de ellos habÃa, o por lo menos pensaban, haber visto el diamante. Pero era preciso rendirse ante la evidencia: el diamante habÃa desaparecido.
—Pido que todas las personas presentes sean registradas antes de salir —propuso con su franqueza habitual Thomas Steel.
—¡SÃ, sÃ!… —confirmó la concurrencia con una voz que fue en realidad unánime.