La estrella del sur
La estrella del sur »—Estoy seguro de mi criado —repetía—. Es necesario que haya sido asesinado.
»En efecto; su cadáver acabó por ser encontrado en la zanja de un camino.
»¡Abridle! —dijo el señor de Sancy—. El diamante debe estar en su estómago.
»Se obró como mandaba, y la afirmación se encontró justificada. El humilde héroe, del que la historia no ha guardado el nombre había sido fiel hasta en la muerte, al deber y al honor, “borrando por el brillo de su acción —ha dicho un antiguo cronista—, el brillo y el valor de la joya que llevaba”.
—Mucho me sorprendería —agregó Alice, terminando su historia—, si el caso lo requiere, que La Estrella del Sur no inspire una abnegación parecida durante su viaje.
Una aclamación unánime saludó estas palabras de Alice: ochenta brazos levantaron un número igual de vasos, y todos los ojos se volvieron instintivamente hacia la chimenea para rendir un homenaje efectivo a la incomparable gema.
¡Pero la Estrella del Sur no estaba ya sobre el zócalo en donde hacía un momento centelleaba detrás de John Watkins!
El asombro de estas ochenta caras era tan manifiesto, que el anfitrión se volvió en el momento para ver la causa.