La estrella del sur
La estrella del sur Los pobres diablos habÃan juzgado prudente tomar esta precaución en contra de una prolongación que, en sus ideas supersticiosas, podÃa muy bien producirse. Eso no indicaba precisamente en ellos la conciencia perfectamente pura, y sin duda habÃan todos robado algún diamante en la jornada.
Una carcajada general acogió la comprobación de este resultado inesperado. Matakit, bajando los ojos, parecÃa hallarse completamente humillado por haber empleado un medio cuya eficacia le habÃa sido demostrada a menudo en su kraal, pero que resultaba tan inútil en la vida civilizada.
—¡Señor, no nos queda más que reconocer nuestra impotencia! —declaró entonces el oficial de policÃa saludando a John Watkins, que habÃa quedado en su sillón sumido en la desesperación—. Quizá seamos mañana más felices, prometiendo una fuerte recompensa al que nos pueda poner sobre la pista del ladrón.
—¡El ladrón! —saltó en aquel momento Annibal Pantalacci—. ¿Y por qué no ha de serlo el mismo que se ha encargado de juzgar a sus compañeros?
—¿Qué queréis decir? —preguntó el oficial de policÃa.
—Pues, ¡ese Matakit, que, representando el papel de adivino ha esperado alejar de sà las sospechas!