La estrella del sur

La estrella del sur

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Si en ese momento se hubiese puesto atención en él, se hubiera podido ver a Matakit hacer un gesto singular, irse con presteza de la sala y ganar al momento el camino de su choza.

—Sí —continuó el napolitano—. Estaba con los compañeros que han hecho el servicio durante la comida… ¡Es un pícaro, un embustero, en quien monsieur Méré ha puesto su afecto, sin razón alguna!

—¡Matakit es honrado, respondo por él! —terció miss Watkins tomando la defensa del servidor de Cyprien.

—¿Y qué sabes tú? —rebatió John Watkins—. Si… ¡Es capaz de haber puesto la mano sobre La Estrella del Sur!

—No puede estar lejos —determinó entonces el oficial de policía—. En un instante le tendremos cogido. Si el diamante está en su poder, recibirá entonces tantos latigazos como quilates pesa, y si no muere de eso, será colgado después del cuatrocientos treinta y dos…

Miss Watkins temblaba de terror. Todas aquellas gentes brutales y medio salvajes, acababan de aplaudir la abominable sentencia del oficial de policía.

Momentos después, mister Watkins y sus huéspedes se hallaban ante la casa de Matakit, cuya puerta fue derribada. Matakit no estaba allí en vano se buscó al cafre durante el resto de la noche.


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